viernes, 5 de noviembre de 2010

El Cazador

Era un cuarto oscuro, cuando llovía era húmedo y cuando hacia sol era caluroso. Por las tardes, las montanas le negaban el sol. La casa, de madera, pequeña en dimensiones, oscura y triste, ocultaba un mundo de caza. Por las paredes se apreciaban aquellos animales disecados que fueron victimas de los ojos que alguna vez los observaban. La orden era dueña del desorden, pues el cazador no permitía la organización de absolutamente nada de lo que hubiese dentro de la casa. El cazador tenia la cara quemada por el sol, su ropa estaba toda mugrienta. Sus ojos eran sigilosos y muy observadores, quizás lo único hermoso de aquella robusta figura. Lo que algún día fue piel blanca ahora era reseca y tostada por las largas horas de perseguir victimas y observarlas, hasta lograr capturarlas. La angosta vereda, si , angosta por la obsesión del cazador. Estratégicamente diseñada para poder ser vía ágil de movilización. Lo único que aseguraba el camino correcto hacia el mundo exterior. Conectaba exactamente con la entrada de la casa. En dicha entrada se observaba un letrero el cual tenia una inscripción, en lengua española, el cual decía: “Ojos que no ven corazón que no siente”. La puerta de la casa siempre chillaba al abrirse o cerrarse, avisando la entrada o salida del que la utilizara. Al lado de la puerta se encontraba el cazador, sentado en su mecedora, alumbrado por un quinqué tenue, dándole un aspecto maquiavélico a su rostro. Guardaba postura de pensador, envuelto en algún pesar, mientras ponía su mirada fija hacia la angosta vereda. Todo permanecía sereno, solo se escuchaba el crujir de los arboles y el chillido de su mecedora.

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